13/05/2022 6:00

Actualizado al 13/05/2022 6:00

La percepción de que China alza los hombros frente a la invasión rusa de Ucrania tiene algunas limitaciones, como también aparecen en la "ilimitada” amistad que se han proclamado mutuamente esos dos países.

En la República Popular este enorme acontecimiento bélico ha abierto una grieta entre amplios sectores empresarios, diplomáticos, académicos y políticos.

Una visión reclama que el régimen de Beijing se aleje de este desmadre y exhibir en ese giro su responsabilidad y pragmatismo como segunda potencia del globo. La otra, que el vínculo con Moscú no debe ser cuestionado porque implicaría ceder frente al adversario común, Estados Unidos, y resignar un aliado que es un almacén central de materias primas para el gigante asiático.

Veamos cómo se reflejan estas tendencias. El embajador de China en Ucrania, Fan Xiangong, poco después de iniciada la guerra, le aseguró al pueblo atacado que “siempre respetaremos su Estado y sus fronteras” y elogió la fortaleza del pueblo ucraniano.

Su colega en EE.UU., el veterano diplomático Qing Gang, avanzó aún más al aclarar en un recordado texto en The Washington Post, que esta guerra “no beneficia a China” y recordó que Ucrania es el hogar de más de 6.000 ciudadanos chinos y que Beijing es el mayor socio comercial tanto de Kiev como de Moscú.

La salida "decente"

Desde el lado académico, una voz importante en esta línea es la de Hu Wei, vicepresidente del Centro de Investigación de Políticas, un instituto adjunto al Consejo de Estado, es decir del poder, y también líder de la Asociación de Investigación sobre Políticas Públicas de Shanghai.

En un artículo rebosante de detalles y referencias históricas, publicado en la primera quincena de marzo, advirtió que el mejor desenlace para esta guerra es que Putin busque "una salida decente" con algún tipo de acuerdo con Kiev.

En la visión de este académico el peligro de esta guerra es que “consolidará la estrategia en el Indo-Pacífico de los EE. UU., y países como Japón se mantendrán aún más cerca de Washington, lo que formará un frente democrático único y amplio sin precedentes”.

China quedaría sitiada no solo por la OTAN, también por todos los organismos estratégicos de defensa ligados a EE.UU. (QUAD, AUKUS) en la región. "Separarse de Putin y renunciar a la neutralidad ayudará a construir la imagen internacional de China y facilitará sus relaciones con EE.UU.", aconseja.

El encuentro de los dos líderes en febrero pasado durante los Juegos Olímpicos de Invierno, previo a la guerra. Foto Reuters

El encuentro de los dos líderes en febrero pasado durante los Juegos Olímpicos de Invierno, previo a la guerra. Foto Reuters

Si queremos buscar un ejemplo sólido del otro lado de la grieta, este profesor también es de utilidad. Xi Jinping, quien se encontró 38 veces en los últimos nueve años con el líder ruso, censuró inmediatamente la versión en mandarín del artículo. Nadie en China pudo leerla. Y multiplicó el mensaje de que el conflicto es pura responsabilidad de los apetitos de la OTAN.

La actitud de Xi Jinping decepciona a su premier Li Keqiang parado del otro lado de la grieta, pero también a norteamericanos y europeos, salvo a los halcones de este lado del mundo que han pujado para colocar a rusos y chinos en el mismo barco y frente a un similar naufragio.

Otras miradas conocedoras de la multiplicidad de las cajas chinas, observan, sin embargo, más allá de ese escalón. Hay analistas que admiten estas rigideces pero sospechan alguna clase de interés oculto detrás de estas posiciones de Beijing. Eso explicaría la abstención del gigante asiático, en lugar de un alineamiento vertical con Rusia, en las votaciones en la ONU sobre la guerra.

China es falible, al margen de sus éxitos económicos y de desarrollo doméstico más publicitados de las últimas décadas. Comete errores notables con la pandemia con encierros paralizantes y sin resultados, donde antes había triunfado en el control de la enfermedad.

Ha golpeado, además, a las más exitosas empresas del país con un amontonamiento de regulaciones que causaron ya pérdidas de 1,7 billones de dólares de valor de mercado a las diez mayores compañías del país.

Intereses en juego

Son fallidos notables que indicarían la dificultad de la refutación en un modelo cada vez má personalista y autoritario. Se verá entonces si China no se está equivocando también con Rusia y este conflicto al negarse a llamar guerra lo que efectivamente está sucediendo en Ucrania . Y, en cambio, exponer con insistencia la amistad inclaudicable con la nomenklatura del Kremlin.

Pero, por debajo de lo aparente, podemos notar que a China efectivamente no le conviene esta guerra como ha dicho el embajador Qin Gang, porque le genera un conflicto comercial y de futuro con sus principales clientes, Europa y EE.UU. al intoxicar a la República Popular con la imprevisibilidad rusa.

La legitimidad del presidente Xi Jinping y del Partido Comunista, depende de modo excluyente del crecimiento de la economía que a su vez depende de la relación pragmática que China, parte vertebral de la cadena de producción global, establezca con esas dos potencias.

¿Sabía Xi Jinping sobre las intenciones de su aliado? Los críticos de la invasión lo niegan, pero otros afirman que la información compartida era a punto tal que se acordó que la invasión se hiciera después de culminar los Juegos Olímpicos de Invierno, como sucedió. En tal caso, ¿por qué el régimen dejó crecer esta aventura, atento al daño que le produce?

Las respuestas a esa pregunta pueden ser apasionantes. Según como se lo vea, una victoria militar rusa no está en el interés de China. El blitzkrieg que supuso Putin, es decir un ataque breve y exitoso que devore toda Ucrania, fue pensado como el primer paso de la reconstrucción en un formato capitalista de la influencia rusa sobre el este europeo, el patio trasero de Moscú.

Los avances rusos en los territorios ucranianos. AFP

Los avances rusos en los territorios ucranianos. AFP

La razón profunda de la invasión, por lo tanto, no han sido los errores de soberbia de la OTAN en la región como se proclama, sino la restauración de una capacidad económica y política que devolviera el lugar de potencia global a Rusia. Semejante resultado hubiera generado un defecto geopolítico grave en la visión de Beijing.

“Una Rusia más fuerte, significaría menos disposición a cooperar con China, más disposición a seguir su propia agenda de gran potencia, a perseguirla hasta un grado en el que incluso pueda dañar los intereses chinos, con el objetivo de posicionarse como un tercer jugador entre EE. UU. y la República Popular, resignando la alianza con Beijing”, sostiene un estudio de otro sinólogo, Csaba Barnabas Horvath, en el portal Geopolitical Monitor.

Ese planteo tiene costados atendibles. Puede estimarse que China contaba con un claro panorama de la capacidad militar y el nivel estratégico del lado ruso como para descartar de antemano cualquier alternativa de un relámpago exitoso en la batalla.

Si es así, no se han equivocado. La campaña rusa ha sido un desastre hasta el momento. Pero si el conflicto se prolonga, como parece que sucederá, habrá un enorme desgaste para Rusia con una continuada pérdida de hombres, equipamientos y un abismo económico que no se resolverá con el fin del conflicto.

Aunque el Kremlin acapare algunos tramos de tierra ucraniana y eleve esas conquistas a la altura de una histórica victoria, como señala Ian Bremer de Eurasia Group, no habrá un regreso a “la estabilidad previa".

"​Rusia permanecerá indefinidamente bajo las sanciones de los aliados y tendrá pocos lazos comerciales con Europa que puedan modificar ese escenario”, sostiene. Asimismo confrontará una persistente rebelión guerrillera en esas regiones.

Una región clave

Esa situación no disgustaría a China. Rusia, cuya economía antes de la guerra era diez veces menor a la de su aliado asiático, acabaría convertida en su debilidad en un virtual satélite de la República Popular.

Es una alternativa doblemente significativa, política y práctica, para que Xi Jinping la exponga en la intimidad de la cúpula partidaria para fundar los respaldos que requiere consolidar. A partir de agosto próximo necesita avales sin fracturas a su proyecto de constituirse con un tercer mandato, en un virtual emperador a perpetuidad del país desbordando límites de edad, de modernidad y de tradición.

Horvath llama la atención sobre un dato significativo y no tan conocido del vínculo sino-ruso. Se trata de Siberia. Lo define como el "factor geopolítico clave" en las relaciones binacionales. ¿Por qué esa importancia?

Siberia Oriental, al este del río Yenisei, con su enorme área de más de 10 millones de kilómetros cuadrados, cubre alrededor del 60% del territorio de Rusia, pero esta habitado por solo 10% de la población nacional, 14 millones de personas.

Destrucción rusa en una aldea ucraniana en Komyshuvakha. Foto Reuters

Destrucción rusa en una aldea ucraniana en Komyshuvakha. Foto Reuters

Vale como referencia notar que Manchuria y Mongolia Interior, las regiones del norte vecinas de China, cuentan con una población combinada de no menos de 123 millones de personas.

La indefensión del territorio se combina con la riqueza en recursos naturales que concentra y que necesita la devoradora economía de la República Popular. China, que recuperó la relación con Rusia solo después de la caída de la URSS, de la que se diferenció con una larga ristra de conflictos, necesita un gobierno solidario en Moscú para alcanzar esas riquezas.

“De ahí que cuanto más débil sea Rusia mejor para la estrategia china” dice el analista. Incluso si hay una rebelión interna en Rusia de resultas del conflicto ucraniano, Beijing podría considerarse en derecho de "proteger" ese espacio.

La guerra de Ucrania es una instancia inesperada en ese recorrido geopolítico. Una amistad con límites, en cualquier caso. “No hay aliados eternos ni enemigos perpetuos. Solo nuestros intereses son eternos y perpetuos”, avisa con razón Hu Wei en su texto cargado de prudencia.
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